En un rincón de aquel terreno
yacía un hombre encorvado
escribiendo con trazo firme
sus transparentes reglas.
No tirar de la cuerda,
dejar libre los vértices
tirar derecho al arco
escribía con figuras.
Ondulado su cabello,
se transportaba hasta su boca,
escondiendo entre las ondas
su arqueada nariz.
En esa frente arrugada
su preocupación se ampliaba
pues las hormigas circulaban
en el diámetro de su sombra.
Al compás del cantar de un grillo
susurraba el viejo
en la base de un sauce
y a la altura de un jilguero.
No equivocarse de ángulo,
siempre apuntar al centro,
insistía con sus reglas
para su querido nieto.
Cuando la noche se asomaba
ya sin punta el lápiz
su figura se perdía
en el área circundante.
Las hormigas desaparecían
y el grillo medianamente
su sonido desdibujaba
en la noche y a la distancia.
Segmentadas sus líneas
se perdían en la hoja
pues la luna llana y blanca
lo espiaba con altura.
A esa señora de la noche
una rama del sauce la tapaba
sin luz y sin punta el lápiz
la cara del viejo se transformó.
Manteniendo su eje
levantó e irguió su tronco
radio en mano, papel y mate
se fue de aquel sector.
Sin principio ni final
sus reglas eran reglas
más para otros son consejos
que el abuelo le dejó.
SUYAY
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